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¡ Vaya bajándose los pantalones !
Enviado por: Admin en 01 Oct, 2008 - 05:28
Colaboraciones 

¡ Vaya bajándose los pantalones ! (Javier Orozco Peñaranda)

(1-10-08) - El hilo se revienta por lo más delgado… y en medio de la crisis económica ese tramo lo componen los trabajadores y especialmente los inmigrantes.

Las crisis del capitalismo son cíclicas y como los cometas en la antigüedad generan miedo, pero no se originan ni en la naturaleza, ni en designios de los dioses, sino en la avaricia de unos pocos, en la incapacidad del sistema para mantenerle al empresariado las tasas de ganancia siempre al alza. Cuando hay sobreproducción de bienes y la demanda no alcanza a absorberlos, viene la crisis, sobran mercancías y aunque resulte chocante pero es la lógica perversa del capitalismo, sobra gente, sobran trabajadores.

Las empresas podrían manejar gran parte del problema ajustando los márgenes de ganancia. Ganar menos no es perder. El gobierno podría hacer que los que se forraron durante la bonanza, como los banqueros, los especuladores en la bolsa, la construcción y los sectores alimentario, energético y de las comunicaciones, entre otros, hagan un esfuerzo mayor que el sacrificio que les impondrán a los trabajadores.

Pero el empresariado opulento que podría tirar durante las vacas flacas de sus riquezas acumuladas, que no son pocas, baja las inversiones y revienta el hilo por lo más delgado, destruye puestos de trabajo y despide trabajadores, impone más horas de trabajo por menos salarios, elimina la competencia de los pequeños y medianos empresarios y en el peor escenario -pero siempre posible-, invade pueblos poco desarrollados y desata guerras que son una inversión siempre rentable que además les abre el camino a otros negocios, como el de las reconstrucciones, el saqueo de materias primas y el acceso a mano de obra barata.

Cualquiera de las opciones del empresariado para paliar o superar las crisis del sistema, conlleva destrucción y sufrimiento, ya sea tirar bienes, despedir gente o hacer guerras, son altos costos que al final pagan los que menos culpa tienen de la avaricia ajena.

Los platos rotos los pagan quienes producen la riqueza y tienen menos capacidad de defenderse, como los inmigrantes, a los que se culpa de casi todo, esa reserva humana usada durante el auge económico para acumular más ganancias, pero que ahora sobra y a la que le dan la patada, aunque coticen en la seguridad social y sean la garantía del pago futuro de las pensiones a la envejecida población nativa.

En épocas de crisis los dueños de los monopolios a los que les importa un bledo el lugar de nacimiento o el color del sudor de quien explota, alborotan la xenofobia poniendo a circular entre la gente la consigna de “los de aquí primero” y que se vayan los que sobran, que -desde luego, y al menos por ahora- son los de trabajadores venidos de afuera, quienes además de ser echados a la calle, serán echados del país.

Sencillo como eso y duro, pero real. Durante la crisis conocida como la Gran Depresión, en Estados Unidos –y en Europa- el sistema sacó mucho sudor y ganancias a los trabajadores, nacionales o extranjeros, en las fábricas y en la II Guerra Mundial, sin pedirles papeles.

En esta Europa, tan relamida, tan políticamente correcta, pareciera que decir que sobra gente es una barbaridad, pero ya lo dijo el Ministro de Trabajo de España sin despeinarse. Los sindicatos salieron a enfrentarlo, ¡faltaba más!, pero no llegará la sangre al río… entre los trabajadores también “hay clases”: los de aquí y los de afuera, incluso si vinieron con contrato de trabajo, incluso si están afiliados y son colegas. Aún no entendemos lo que gritan en las calles los inmigrantes residentes en Asturias, “nativa o extranjera, la misma clase obrera”.

A los sindicatos los llamarán a la Moncloa para acordar hasta donde los trabajadores se ajustarán el cinturón, no para discutir cómo podrían reinvertirse, para generar nuevo empleo, las ganancias acumuladas por el gran empresariado. Los monopolios intentarán concertar una fórmula que les permita seguir chupando sangre a diario, como si no pasara nada, con las hipotecas, por ejemplo. Los banqueros ponen cara de ternero huérfano para que el estado -con el dinero de todos- los saque del hoyo que ellos mismos hicieron.

Los mismos monopolios que mandan en el mundo y que generaron la crisis, organizan las guerras salvadoras del sistema. En ello están, tienen para escoger: Irán, Pakistán, Georgia, Cuba, Colombia, Corea, Venezuela, Bolivia… y para la agresión a cada país una excusa, una mentira, como la que usaron en Irak. En algunos sitios dirán que es en defensa de la democracia, en otros la supuesta lucha contra el narcotráfico –que por cierto es un negocio boyante del capitalismo, con crisis o sin ella, y del que chupa dinero todo el sistema- o las guerras “preventivas” contra el terrorismo y por los derechos humanos y por la libertad...

En esta primera gran crisis del tercer milenio ya estamos de nuevo en las mismas. Está claro, cuando la economía anda en apuros afecta más a los trabajadores, sobre todo si no se lucha por un programa democrático de reactivación que parta de oponerse a las guerras, defender de modo efectivo el bienestar de la población y obligar a las clases que dominan la sociedad a responder por lo que hacen.

Se derrumba el fundamentalismo del mercado que por sí solo no tiende al equilibrio; de nuevo resulta cierto que las ganancias se privatizan y las pérdidas se socializan. Ya sabemos de qué culo saldrá sangre.

Usted que pringa como nacional o como extranjero pero no quiere darse por enterado, ayude al sistema a salir de la crisis, guarde silencio ante las guerras, mire para otro lado ante la deportación masiva de trabajadores inmigrantes, ante la pérdida de sus derechos laborales y ante la socilización de las quiebras de los bancos.

Con una mano sostenga la herramienta de trabajo, con la otra ¡vaya bajándose los pantalones!.




 
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