(1-10-08)
- El hilo se revienta por lo más delgado… y en medio
de la crisis económica ese tramo lo componen los trabajadores
y especialmente los inmigrantes.
Las crisis
del capitalismo son cíclicas y como los cometas en la antigüedad
generan miedo, pero no se originan ni en la naturaleza, ni en designios
de los dioses, sino en la avaricia de unos pocos, en la incapacidad
del sistema para mantenerle al empresariado las tasas de ganancia
siempre al alza. Cuando hay sobreproducción de bienes y la
demanda no alcanza a absorberlos, viene la crisis, sobran mercancías
y aunque resulte chocante pero es la lógica perversa del capitalismo,
sobra gente, sobran trabajadores.
Las empresas
podrían manejar gran parte del problema ajustando los márgenes
de ganancia. Ganar menos no es perder. El gobierno podría hacer
que los que se forraron durante la bonanza, como los banqueros, los
especuladores en la bolsa, la construcción y los sectores alimentario,
energético y de las comunicaciones, entre otros, hagan un esfuerzo
mayor que el sacrificio que les impondrán a los trabajadores.
Pero el
empresariado opulento que podría tirar durante las vacas flacas
de sus riquezas acumuladas, que no son pocas, baja las inversiones
y revienta el hilo por lo más delgado, destruye puestos de
trabajo y despide trabajadores, impone más horas de trabajo
por menos salarios, elimina la competencia de los pequeños
y medianos empresarios y en el peor escenario -pero siempre posible-,
invade pueblos poco desarrollados y desata guerras que son una inversión
siempre rentable que además les abre el camino a otros negocios,
como el de las reconstrucciones, el saqueo de materias primas y el
acceso a mano de obra barata.
Cualquiera
de las opciones del empresariado para paliar o superar las crisis
del sistema, conlleva destrucción y sufrimiento, ya sea tirar
bienes, despedir gente o hacer guerras, son altos costos que al final
pagan los que menos culpa tienen de la avaricia ajena.
Los platos
rotos los pagan quienes producen la riqueza y tienen menos capacidad
de defenderse, como los inmigrantes, a los que se culpa de casi todo,
esa reserva humana usada durante el auge económico para acumular
más ganancias, pero que ahora sobra y a la que le dan la patada,
aunque coticen en la seguridad social y sean la garantía del
pago futuro de las pensiones a la envejecida población nativa.
En épocas
de crisis los dueños de los monopolios a los que les importa
un bledo el lugar de nacimiento o el color del sudor de quien explota,
alborotan la xenofobia poniendo a circular entre la gente la consigna
de “los de aquí primero” y que se vayan los que
sobran, que -desde luego, y al menos por ahora- son los de trabajadores
venidos de afuera, quienes además de ser echados a la calle,
serán echados del país.
Sencillo
como eso y duro, pero real. Durante la crisis conocida como la Gran
Depresión, en Estados Unidos –y en Europa- el sistema
sacó mucho sudor y ganancias a los trabajadores, nacionales
o extranjeros, en las fábricas y en la II Guerra Mundial, sin
pedirles papeles.
En esta
Europa, tan relamida, tan políticamente correcta, pareciera
que decir que sobra gente es una barbaridad, pero ya lo dijo el Ministro
de Trabajo de España sin despeinarse. Los sindicatos salieron
a enfrentarlo, ¡faltaba más!, pero no llegará
la sangre al río… entre los trabajadores también
“hay clases”: los de aquí y los de afuera, incluso
si vinieron con contrato de trabajo, incluso si están afiliados
y son colegas. Aún no entendemos lo que gritan en las calles
los inmigrantes residentes en Asturias, “nativa o extranjera,
la misma clase obrera”.
A los sindicatos
los llamarán a la Moncloa para acordar hasta donde los trabajadores
se ajustarán el cinturón, no para discutir cómo
podrían reinvertirse, para generar nuevo empleo, las ganancias
acumuladas por el gran empresariado. Los monopolios intentarán
concertar una fórmula que les permita seguir chupando sangre
a diario, como si no pasara nada, con las hipotecas, por ejemplo.
Los banqueros ponen cara de ternero huérfano para que el estado
-con el dinero de todos- los saque del hoyo que ellos mismos hicieron.
Los mismos
monopolios que mandan en el mundo y que generaron la crisis, organizan
las guerras salvadoras del sistema. En ello están, tienen para
escoger: Irán, Pakistán, Georgia, Cuba, Colombia, Corea,
Venezuela, Bolivia… y para la agresión a cada país
una excusa, una mentira, como la que usaron en Irak. En algunos sitios
dirán que es en defensa de la democracia, en otros la supuesta
lucha contra el narcotráfico –que por cierto es un negocio
boyante del capitalismo, con crisis o sin ella, y del que chupa dinero
todo el sistema- o las guerras “preventivas” contra el
terrorismo y por los derechos humanos y por la libertad...
En esta
primera gran crisis del tercer milenio ya estamos de nuevo en las
mismas. Está claro, cuando la economía anda en apuros
afecta más a los trabajadores, sobre todo si no se lucha por
un programa democrático de reactivación que parta de
oponerse a las guerras, defender de modo efectivo el bienestar de
la población y obligar a las clases que dominan la sociedad
a responder por lo que hacen.
Se derrumba
el fundamentalismo del mercado que por sí solo no tiende al
equilibrio; de nuevo resulta cierto que las ganancias se privatizan
y las pérdidas se socializan. Ya sabemos de qué culo
saldrá sangre.
Usted que
pringa como nacional o como extranjero pero no quiere darse por enterado,
ayude al sistema a salir de la crisis, guarde silencio ante las guerras,
mire para otro lado ante la deportación masiva de trabajadores
inmigrantes, ante la pérdida de sus derechos laborales y ante
la socilización de las quiebras de los bancos.
Con una
mano sostenga la herramienta de trabajo, con la otra ¡vaya bajándose
los pantalones!.