(16-10-08)
- Es un perfecto e impecable padre de familia, pulcro licenciado en
ciencias económicas y empresariales, máster en mercados
financieros, consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid. A su
vez, es la cara visible de la contrarreforma privatizadora, emprendida
en el campo de la Sanidad Pública por el ejecutivo popular
de Esperanza Aguirre.
Juan
José Güemes, de eterno traje de chaqueta, melena de león
al viento seco de Castilla, de aspecto juvenil, rondando los cuarenta
años de edad. Podría ser el protagonista de un culebrón
sudamericano, sin necesidad de maquillaje ni de un nuevo fondo de
armario. Sólo tendría que modular la voz, imitar el
acento de la oligarquía criolla, empaparse del peculiar talante
que caracteriza a las clases dominantes al sur del río Grande.
Podría
ser un galán de telenovela, pero es un político español,
un conspicuo representante de los intereses más carcas del
capitalismo nacional. La lideresa le eligió para continuar
la magna obra de Manuel Lamela: la destrucción del sistema
sanitario público madrileño. Ardua empresa para un implacable
neocon.
Allá
por los sesenta, la izquierda se dejó el pelo largo. Los melenudos
desembarcaron en el imaginario colectivo como inquietantes antisistema,
enemigos tanto del imperialismo yanqui como del socialismo real. La
rebeldía capilar fue otro más de los claroscuros de
aquella década tumultuosa.
Los
revoltosos sesenteros acabaron ocupando el poder, en la socialdemocracia
o en la derecha conservadora, despojándose de sus ideales de
cambio, cortándose el pelo, afeitando o perfilando sus barbas
marxistas. Cuando la izquierda española se hizo el harakiri
y se disolvió, para sumarse al juancarlismo, los peluqueros
hicieron horas extraordinarias, currando a destajo, acicalando a los
aspirantes a próceres.
Hete
aquí, que la derecha tomó el relevo cabelludo en los
últimos compases del siglo XX. El pijerío se dejó
crecer el pelo, encargó menos de botes de gomina, se apuntó
al rosa y al rojo granate, incluso se colgó el pañuelo
palestino al cuelo, disfrazándolo con colorines inofensivos.
Palestino marca Armani, complemento de moda en pijos y jipis de saldo.
José
María Aznar imitó a sus seguidores jóvenes al
dejar la presidencia, luciendo una cabellera desaforada, curtiéndose
en el gimnasio, enseñando la tableta de chocolate en las playas
de la jet set. Juan José Güemes, a falta de un bigote
frondoso, escogió la suerte del felino en la sabana de la villa
y corte.
La
ética puede concordar con la estética. En el caso de
Güemes, los dos parámetros se hunden en la miseria. Quisiera
esquilar al consejero autonómico, agarrar unas tijeras de podar
y acabar con ese pelucón. Si al igual que Sansón, la
fuerza de Güemes reside en la pelambrera, al realizar el acto
litúrgico de cortarle el cabello, llevaría a cabo un
servicio al hombre, que sólo sería recompensado con
plazas y estatuas dedicadas a mi recuerdo.
Reconozco
que soy alopécico, que me quedan dos telediarios y medio para
quedarme calvo, así que puede que la repugnancia que me provoca
el exceso de pelo en la cabeza de tantos peperos, sea sólo
fruto de la envidia. Soy un pobre mortal, fieles e infieles lectores.
En ocasiones, me pongo violento con estos asuntos peliagudos.
Los
sindicatos están boicoteando las visitas protocolarias de don
Juan José a los hospitales públicos de Madrid, reprochándole
su afán privatizador, estropeando los titulares y los pies
de foto del día después. El Gobierno madrileño,
que acusa al PSOE y a IU de teledirigir las movilizaciones, ha reaccionado
lanzando un vídeo en el que se identifica a cuatro sindicalistas
participantes en las protestas, desvelando su categoría profesional
y sus datos de afiliación.
CGT,
central anarcosindicalista a la que pertenecen varios de los "señalados",
ha declarado que interpondrá una querella contra la Comunidad
de Madrid por vulneración de los derechos fundamentales de
intimidad y de libertad sindical. El otro sindicato afectado, CCOO,
también está estudiando la posibilidad de emprender
acciones legales.
Uno
de los cuatro sindicalistas, Alfredo Díaz-Cardiel, secretario
de organización del sindicato de sanidad de CGT, hijo del histórico
dirigente comunista Víctor Díaz-Cardiel, ha declarado
a los medios que la situación es "una caza de brujas al
estilo más rancio de la ultraderecha". No anda desencaminado
Díaz-Cardiel.
El
Gobierno de Aguirre no ha dudado en infringir las leyes para intentar
minimizar la resistencia de los trabajadores del sector sanitario,
se ha saltado a la torera el catálogo de derechos fundamentales
consagrados en su reverenciada Constitución con una chulería
pasmosa. La derecha montaraz atropella las libertades burguesas con
la misma facilidad con la que acusa de terrorista a cualquier bicho
viviente que no comulgue con sus ruedas de molino.
Acusar
a la CGT de actuar en connivencia con el PSOE es un despropósito.
CGT es una central sindical independiente, alternativa y diferente,
crítica del pactismo de CCOO y UGT, enfrentada al neoliberalismo
que practican por igual PP y PSOE. Sólo un analfabeto político
puede tragarse absurdidades de este calibre.
La
corte de los milagros de Esperanza no tolera la actitud radicalmente
democrática de aquellos que se oponen a la privatización
de la Sanidad. Son todavía pocos, un puñado de mujeres
y hombres de la mejor casta del obrerismo español, ciudadanos
correosos que defienden el sistema sanitario público como uno
de los pilares del Estado del Bienestar. El social-liberalismo no
levanta ni un dedo por la Sanidad de todos, es más, colabora
activamente en su aniquilación.
A
Juan José Güemes no hay necesidad de mentarle al padre,
como solemos hacer en estas tierras, basta con mentarle al suegro.
Porque Güemes tiene un suegro que parece sacado del Chicago de
los años 30, o de la prolífica imaginación de
Mario Puzo: Carlos Fabra, presidente de la Diputación provincial
de Castellón, cargo que ocuparon en el pasado numerosos miembros
de su familia, imputado en varios procesos, refugiado a perpetuidad
tras unas gafas de sol que contribuyen a acentuar su aspecto mafioso.
Las
comparaciones son odiosas, pero valen para medir la catadura moral
de unos y de otros. Comparen ustedes las respectivas trayectorias
de Víctor Díaz-Cardiel y de Carlos Fabra, padre y suegro
de dos de los protagonistas de este comentario. Víctor pasó
varios años en las prisiones franquistas, Fabra es hijo de
un jerarca del régimen encarcelador. Sobran las palabras.
Mientras
existan tipos como Güemes (o como el padre de su señora
esposa) en puestos de responsabilidad política, este país
y este planeta seguirán abonados al desastre, a la corrupción
y a la ignominia. Después de las barbaridades que hacen, les
siguen votando. Vivan las caenas.
Ellos
privatizando, que es gerundio. Y nosotros, afilando las tijeras...