(17-10-08)
- Nada menos que hace ya un año, Juan Torres López y
Alberto Garzón Espinosa publicaban el artículo que sigue
en la cada vez más leída web altereconomia.org. Si estos
críticos economistas, ya entonces, mantenían que el
sistema financiero mundial, no solo el español, era y es incompatible
con libertad, democracia y bienestar, hoy, a la vista de lo que está
cayendo, ha quedado en evidencia que quienes se han apresurado a sostenerle
están ayudando a que los espacios de libertad, democracia y
bienestar queden reducidos prácticamente a la nada.
Lean, lean.
“Las entidades financieras y bancarias son cada día
más protagonistas de la vida social. Pero no principalmente
por su contribución a la financiación de las actividades
económicas que crean riqueza y bienestar social.
En las últimas semanas algunos de los grandes bancos españoles
han hecho ostentación de su inmenso poder patrocinando y poniendo
nombre a algunas de las competiciones deportivas más importantes,
como la copa americana de fútbol "Copa Santander Libertadores",
o la española "Segunda División BBVA de Fútbol
Profesional".
Un lavado de cara que no es casual que se produzca cuando aumentan
las críticas, denuncias y pruebas de su actividad corrupta
e incluso directamente delictiva.
La compra de voluntades políticas, el blanqueo de dinero, las
cuentas secretas o el financiamiento de empresas contaminantes y de
armamento son sólo algunas de las acusaciones que recaen continuamente
sobre las entidades bancarias y financieras más conocidas.
Quieren aparentar que son generosas y ejemplos de mecenazgo desinteresado
pero, en realidad, lo que buscan es solamente ganar más y más
y más dinero a cuenta de lo que sea. Por eso están implicadas
también en una soterrada lucha (no siempre leal) para lograr
quedarse con fondos sociales ahora bajo control público como
los de las pensiones, o para introducirse torticeramente en la vida
académica para quedarse con la rentabilísima gestión
de los ingresos de las universidades, de los de sus estudiantes y
profesores.
En las últimas semanas hemos podido comprobar una vez más
cómo las entidades financieras han estado en el origen de la
última crisis hipotecaria, provocando una situación
de debilidad e inestabilidad que con toda seguridad no ha acabado
y que terminará afectando al conjunto de las economías
y de la actividad económica.
Todo ello es la consecuencia directa de dos factores. Por un lado,
del carácter parasitario y pernicioso que han adquirido las
instituciones financieras cuando no quedan sometidas a otra lógica
o estrategia distinta al afán de lucro. Y por otro, a la cada
vez más evidente y peligrosa falta de controles institucionales
que pudieran impedir las actividades inmorales, despilfarradoras o
simplemente ilegales que vienen realizando continuamente en la casi
total impunidad.La burbuja bursátil de los 90 transformó
las costumbres empresariales y consolidó a la especulación
y a la corrupción como un alimento preferente de las grandes
empresas, como demostró el paradigmático caso de la
multinacional eléctrica Enron. Ahora, la reciente crisis financiera
ha puesto de relieve que, lejos de disminuir, esta deriva de las corporaciones
hacia lo ilícito no ha hecho sino profundizarse a lo largo
del tiempo.
Ante este grave proceso los bancos centrales se han limitado a mirar
hacia otro lado, en un vergonzoso y cómplice ejercicio de irresponsabilidad.
Apenas si se han dado modestísimos pasos aparentemente dirigidos
al fomento de la transparencia y de la llamada "responsabilidad
social de las empresas", que la realidad ha demostrado insuficientes,
cuando no totalmente inútiles.En lugar de apagar fuegos y evitar
que se produzcan, las autoridades monetarias y financieras los avivan
por su complicidad e inoperancia. En lugar de advertir, denunciar
y controlar, mantienen un silencio doloso orientado a salvaguardar
los intereses de los grandes poseedores de recursos financieros.
De hecho, es ya verdaderamente vergonzosa la forma en que ocultan
a los ciudadanos lo que está pasando, el peligro financiero
que suponen los balances artificialmente hinchados de los bancos,
su solvencia amenazada, sus cuentas que no cuadran sino por medio
de artificios contables... Y, sobre todo, la inutilidad social de
sus operaciones financieras, cada vez más lejos de la economía
real y de las necesidades efectivas de las empresas y los consumidores.La
actividad financiera y bancaria es cada vez más inmoral, más
inapropiada para crear riqueza, más especulativa y peligrosa
para la economía en su conjunto, menos beneficiosa para el
conjunto de la sociedad y sólo más rentable para las
grandes fortunas.
Hoy día es ya una urgencia impostergable proponer y adoptar
medidas contra el desorden financiero y contra la conversión
de las finanzas en un gran y corrupto casino global.Hay que redefinir
la fiscalidad actual, estableciendo tasas a las transacciones financieras,
e implantar controles mucho más estrictos a los movimientos
de capital. Es urgente que los gobiernos recuperen el terreno perdido
en cuestión de poder y capacidad de decisión económicas.
Es imprescindible democratizar las decisiones económicas.
La vergonzosa y criminal existencia de paraísos fiscales, donde
los controles de los capitales son exiguos o nulos, resulta imprescindible
para que las entidades puedan legalizar dinero procedente de actividades
ilegales e incluso criminales. Por eso, su supresión debería
ser un objetivo prioritario para los gobiernos y las organizaciones
internacionales que de verdad defiendan un mínimo de legalidad
y moralidad en la economía mundial.
La pérdida de poder real de los gobiernos en materia económica
ha venido acompañada de un consecuente deterioro de la democracia,
puesto que equivale de hecho a una transmisión de poder desde
los órganos representativos hacia entidades donde los mecanismos
democráticos simplemente no operan. Y paralelamente, los dueños
de estas entidades se han convertido en las personas más influyentes
de nuestras sociedades, adquiriendo unos roles de extraordinaria importancia
en la toma de decisiones en la vida social y económica.
Si realmente creemos en la democracia es hora de reconocer que el
único camino posible para implantarla pasa necesariamente por
una reestructuración del sistema financiero internacional.
Se trata de impedir que las grandes entidades procedan de forma mafiosa
y se hagan con un poder que nadie les ha otorgado. Los bancos y las
grandes corporaciones financieras son hoy día los mayores enemigos
de la libertad real, de la democracia y del bienestar social".