(7-1-09)
- Wolfgang Storz, el antiguo dirigente de la IG-Metall alemana –la
mayor organización obrera del planeta—, reflexiona sobre
el sindicalismo y sus desafíos en el mundo de hoy.
¿Tienen
los sindicatos que reinventarse a sí mismos? ¿O simplemente
hacer y "vender" mejor su trabajo, a fin de transformar
un presente gris en un futuro esplendoroso?
Desde hace
muchos años, y con buenas razones, los unos dicen que ya está
bien, que los sindicatos están a pique de pasar a la ofensiva,
que deben pasar sin dilación a la ofensiva: su creciente buena
imagen se refleja en las encuestas. Sus temas –salario mínimo,
justicia social, por ejemplo— se hallan en el centro de los
debates sociales. Sus competencias son más necesarias que nunca:
crece en importancia el trabajo asalariado, cada vez más países
en el mundo cruzan el umbral de la industrialización. Crece
el empleo femenino. Cada vez más jóvenes pretenden el
acceso al sistema de trabajo remunerado. Y en esa medida, se hacen
también más necesarios objetivamente los sindicatos.
Los hombres y las mujeres precisan de ellos.
Y desde
hace también muchos años, y también con buenas
razones, dicen los otros: ¿cómo podrían los sindicatos,
precisamente ahora, pasar a la ofensiva? Precisamente ahora: desde
hace años, hay millones de desempleados, lo que debilita la
posición negociadora. El mundo del trabajo se descompone, se
hace más complejo y heterogéneo, lo que dificulta la
organización de los trabajadores. Y con la globalización
y la competencia a escala mundial, ha caído por doquiera su
influencia, aumentando, en cambio, la del capital. También
en Alemania gozan los empresarios de consenso social, y se desvinculan
de los acuerdos colectivos.
La evolución
del mundo es, pues, contradictoria. De algún modo, esta sociedad
y los trabajadores precisan de los sindicatos. La lista de logros
por éstos alcanzados es copiosa y goza de amplio reconocimiento.
También la lista de hechos deprimentes: la influencia de los
sindicatos en la sociedad y en la política ha disminuido inequívocamente.
El número de diputados en el Parlamento federal afiliados a
un sindicato ha bajado sensiblemente. La pérdida de afiliación
se mantiene, y en medida parecida baja el grado de organización
sindical en las empresas. Si es verdad que desde 2005 tanto la IG-Metall
como el sindicato [de servicios] Verdi han podido congratularse de
ligeros incrementos de afiliación, también lo es que
en la época de auge económico que acabamos de dejar
atrás el sector metalúrgico, por ejemplo, ha creado
puestos de trabajo: aunque el número absoluto de afiliados
a las organizaciones obreras ha crecido, presumiblemente no ha sido
así en términos porcentuales.
Mucho más
aún que la evolución de las cifras, debería dar
qué pensar a los sindicatos la actual composición de
sus miembros. Los sindicatos organizan a la vieja sociedad industrial
en decadencia, pero no a la nueva sociedad industrial y mucho menos
a la nueva sociedad de servicios y de conocimiento. Entre sus miembros,
hay muchos hombres mayores, pocas mujeres, pocos jóvenes, poco
empleado y mucho obrero. Los débiles y los fuertes del actual
mundo del trabajo –los extranjeros, los poco calificados, los
precarios, y en el otro extremo, los trabajadores intelectuales muy
calificados— no están organizados. Los unos, manifiestamente,
no esperan nada de los sindicatos; los otros, no precisan de ellos.
Para poner peor las cosas: eso se sabe en los sindicatos desde hace
por los menos 20 años, es un hecho indiscutible y sobre el
que se ha reflexionado mucho, y sin embargo, poco se ha hecho.
Los sindicatos
han reaccionado, por lo pronto, a su crisis como empresas que vieran
hundirse sus mercados: el que es un poco más fuerte absorbe
al más débil. Todavía en los años 80,
había en Alemania 17 organizaciones sindicales. Desde 2002,
sólo hay ocho. Mientras que el mundo del trabajo se diversifica,
se descentraliza incluso, las formas de organización sindical
se uniforman y centralizan. Es decir, que los sindicatos, lejos de
tomar en cuenta la diversidad del mundo del trabajo y tratar de reflejarla
organizativamente para mejor gestionarla, lo que han tratado es contenerla
y ordenarla conforme a sus propias necesidades organizativas. Una
de las consecuencias de lo cual es la insuficiente atención
prestada a muchas categorías profesionales y a sus correspondientes
intereses y culturas. Y así, el paisaje sindical ha comenzado
de nuevo a escindirse y desmembrarse: pilotos de aviación,
médicos o conductores ferroviarios; las huelgas más
espectaculares y exitosas de los últimos años las han
organizado estas minorías con gran capacidad de imponerse,
cuyo objetivo primordial se concentra en la maximización del
salario.
Esa centralización
no sólo estorba al cabal reconocimiento de la diversidad del
mundo del trabajo, sino –lo que sólo a primera vista
`puede resultar sorprendente— que amenaza también a la
unidad sindical. En efecto: desde que sólo hay ocho organizaciones
sindicales y sólo tres de ellas –la IG-Metall, Verdi
e IG-BCE [Sindicato Industrial de Minería, Química y
Energía]— siguen siendo políticamente relevantes
–y como tales percibidas por la opinión pública—,
la organización que las cubre a todas, la DGB [Federación
Alemana de Organizaciones Sindicales] ha perdido definitivamente voz.
Sólo
un ejemplo entre muchos: se dice que en 2009, año de elecciones
al Parlamento Federal, la IG-Metall realizará una gran campaña
con el lema "Buen trabajo". Presumiblemente, Verdi se lanzará
a su tema del salario mínimo. Y a la DGB le resta contribuir
un poquito. Este pequeño precedente resulta iluminador de algunos
de los problemas de los sindicatos alemanes; las distintas organizaciones
sindicales siguen siendo de la opinión de que son lo bastante
fuertes por sí mismas como para llevar a cabo con éxito
sus campañas a escala federal. De lo que se puede dudar fundadamente.
Además,
hace mucho que ha dejado de haber una organización de cobertura
que funcione bien, que actúe en representación de todas
las organizaciones sindicales y que, en calidad de tal, sea tomada
en serio por los políticos y por la opinión pública.
¿Cómo podría ser respetada por otros, si sus
propias gentes no la tienen en la menor estima? "Cambio de tendencia":
así se llama un gran proyecto de reforma adoptado desde hace
meses por la cúpula de la DGB y por las distintas organizaciones
sindicales; de sus resultados, poco se conoce. Al contrario: las grandes
organizaciones sindicales exigieron hace unos meses a su organización
de cobertura –la DGB—, públicamente y de forma
harto indelicada, que iniciara otro proceso de reformas y contención
de gastos, como si se pretendiera, no poner a punto el propio cuartel
general, sino, a ser posible, liquidarlo.
Sea todo
ello como fuere, y de uno u otro modo, a menudo desconectado de esta
difícil cotidianidad, hay un debate con miras de reforma sobre
la cuestión de si –y de qué forma— los sindicatos
deben renovarse. Muchas son las palabras al respecto, pero también
alguna que otra acción aislada. De manera ejemplar, con una
campaña tan tenaz como inteligentemente desarrollada, Verdi
y el pequeño sindicato del sector de alimentos y restauración
han logrado colocar el asunto del salario mínimo en la agenda
de esta sociedad.
El sindicato
de de servicios [Verdi] puede considerarse ahora mismo –aun
si financiera y organizativamente oscilante entre el papel de coloso
político y el de ejército espiritual— el sindicato
más innovador. Tanto en el asunto de la privatización
de ferrocarriles y clínicas, como en su lucha por obligar a
los grandes supermercados rebajistas Lidl y Aldi a respetar unas condiciones
de trabajo humanamente dignas, busca de maneras muy prometedoras y
poco convencionales –aun si sólo a duras penas organizables—
alianzas de movimientos sociales, trabajadores y consumidores. La
IG-Metall busca desde hace un año, con gran denuedo y con no
menor éxito, organizar a los trabajadores temporales. Y desde
tiempos inveterados pone gran empeño en presentarse "no
sólo como una máquina de negociación colectiva",
sino una organización que "sigue siendo una comunidad
de valores", según acaba de declarar Detlef Wetzel, su
vicepresidente.
También
hay algunos proyectos portadores de futuro. Y hay movimientos tentativos,
en los cuales, a grandes trazos, pueden divisarse dos tendencias:
el sindicato se entiende a sí mismo también como movimiento
social, lo que quiere decir que hace suyos como realmente importantes
asuntos que van más allá de la clásica política
de negociación colectiva (salarios, calidad de las condiciones
de trabajo, formación continua), y trata de forjar distintas
coaliciones sociales conforme a la naturaleza del proyecto en cuestión.
La otra tendencia quiere concentrar toda la energía en el trabajo
en la empresa, a fin de robustecerse sobre todo en el puesto de trabajo.
Lo que, entre líneas, admite la siguiente lectura: las fuerzas
parecen tan limitadas, que no queda sino optar o por lo uno o por
lo otro.
Wolfgang
Storz fue dirigente, entre 1998 y 2000, de la IG-Metall como responsable
del sector de medios impresos. Entre 2002 y 2006 fue redactor jefe
del diario francfortés Frankfurter Rundschau.
Traducción
para www.sinpermiso.info: Amaranta Süss