(19-6-08)
- Hecha la foto a las puertas del Palacio de la Moncloa, y visto que
los compañeros de pupitre del señor Fidalgo
no se pusieron de acuerdo en firmar la declaración que, tan
gentilmente, les habían remitido el lunes, tendremos que esperar
un mes para ver que nos deparan las reuniones coordinadas por Zapatero.
No sirvió de mucho que el portavoz Alonso y Cándido
Méndez cenaran ese mismo lunes para que el primero recabara
del segundo una ayudita, pero todo se andará.
Mientras tanto, unos y otros madurarán como introducir más
flexibilidad laboral - la flexiseguridad que el PSOE propone
?- o como introducir reformas a través del Pacto de Toledo.
No se hará nada sin consenso - dice ZP -, pero que nadie dude
que habrá consenso. ¿Cómo se conseguirá?.
Fácil: repartiendo aquí y allá algunos fondos
que tranquilicen -aun más- a quienes podrían alterar
el sosiego de las buenas gentes animándoles a salir a las calles.
El periodista de ABC, Ignacio Camacho, acierta en su artículo:
Anestesia
Verticalista, que reproducimos a continuación.
EL
felipismo, que era una socialdemocracia populista, inventó
la concertación social para recomponer la ruptura con los sindicatos
que desembocó en la huelga general del 88, cuando la UGT se
descolgó abruptamente de la fraternidad socialista. El invento
consistía en comprar la paz social con fondos públicos,
actualizando el sindicalismo vertical franquista en una mesa a tres
bandas: Gobierno, patronal y centrales. El poder ponía el dinero
y los llamados agentes sociales se avenían a estarse razonablemente
quietecitos a cambio de generosas derramas de subvenciones para cursos
de formación y otras excusas que en realidad servían
para dotar de estabilidad financiera a sus hipercefálicos aparatos
clientelares. La fórmula funcionó razonablemente, y
Manuel Chaves, que era el ministro de Trabajo, la importó con
gran éxito a Andalucía para construirse el cómodo
virreinato en el que lleva aposentado casi dos décadas, con
la sociedad civil comiéndole literalmente en la mano pese a
las tercas estadísticas de estancamiento, desempleo y baja
competitividad.
Inquieto ante los preocupantes datos de una crisis que, aunque oficialmente
siga negando, amenaza con meterlo en serios apuros, Zapatero parece
decidido a retomar el método de engrase, que ahora se llama
«diálogo social» y viene envuelto, según
la retórica de ingeniería política al uso, en
el celofán de «un nuevo modelo de productividad».
En realidad es un sistema tan viejo como la compraventa de favores:
se trata de preguntarle a patronos y sindicatos cuánto cuesta
su anuencia en los delicados momentos que se avecinan en forma de
tormenta económica. Ayer tuvo lugar el primer paso, en forma
de solemne reunión monclovita, y a juzgar por la satisfacción
de los asistentes cabe colegir que Solbes mostró buena disposición
presupuestaria; eso es lo que significa la voluntad de convertirse
en amistosos interlocutores del Ejecutivo.
Si el Gobierno afloja la tela necesaria, este método de anestesia
social promete réditos satisfactorios: los empresarios se limitarán
a formular vagas objeciones de corte liberalizador mientras hacen
cola en los concursos, y los sindicalistas prestarán su asentimiento
a la política absentista de ninguneo de la crisis. Todo ello
a cambio de sustanciosos fondos para reforzar su financiación
corporativa y de la presencia en cuantas plataformas de diálogo
sean menester para ofrecer la sensación de estar haciendo algo
útil. Las pocas medidas que se hayan de tomar pasarán
por el papel privilegiado de los agentes sociales en su desarrollo,
con la garantía de convertirse en los primeros intermediarios
de cualquier posible beneficio. El sistema tiene la ventaja añadida,
largamente testada en Andalucía, de dejar fuera de juego a
la oposición, que se topa en sus críticas con una clase
empresarial acomodada y un sindicalismo domesticado. Si cuaja el «nuevo
modelo de productividad» será, efectivamente, muy productivo
para sus suscriptores: les garantiza a ellos y a su clientela el amparo
del paraguas presupuestario bajo la lluvia helada de la incertidumbre
general.